De la misma manera, esto es lo que les sucede a los discípulos, que pasan de la cerrazón y el miedo a ser
testigos. Nos sucederá también a nosotros si abrimos nuestro corazón a la
acción del Espíritu Santo.
Gracias, Señor, por
estar siempre a nuestro lado y padecer con nosotros nuestras penas y
sufrimientos. Nos animas, nos das esperanza y nos das tu mano para levantarnos
y seguir el camino.
Y eso lo viviremos con
la alegría de sabernos asistidos por el Espíritu de Dios que nos acompaña en
cada momento de nuestra vida. Es decir, llamados a ser verdaderos cómplices del
Espíritu Santo.
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