Nuestro compromiso,
desde la hora de nuestro bautismo, nace del gozo que sentimos de ser hijos de
Dios y llamados a la salvación eterna. Y esa alegría nos mueve a proclamarla al
mundo.
Enséñame, Señor, a
soportar y aceptar lo que soy, un pecador que confía en tu infinita
misericordia, y que espera tu perdón pacientemente, confiado en tu amor
misericordioso.
Un bautizado que no sienta esa necesidad, posiblemente vive de espaldas a esa realidad de hijo y heredero, por los méritos de Jesús, nuestro Señor. Y en consecuencia su falta de coherencia le deja en mal lugar.
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