Sucede que vivimos
atrapados en nuestras propias paradojas: pedimos signos, pero cuando nos sacan
de nuestras ideas, activamos nuestros mecanismos de defensa.
Con mucha frecuencia creemos que nuestras ideas son buenos caminos y no
se nos ocurre ponerlos primero en las manos de Dios. Solo Dios sabe qué camino
nos conviene.
Y no nos quedamos ahí: nos justificamos, argumentamos y terminamos una vez más, autoengañándonos, aferrados a lo perecedero.