Lo que toca es preguntarnos por
nuestras propias actitudes y quizás poner patas arriba algunas de las que nacen
de nuestras comparaciones y de la sensación de injusticia.
Señor, reconozco que mi corazón no
es libre y que soy esclavo de muchas cosas que someten mi voluntad y me impiden
hacer lo que quiero. ¡Libérame, Señor, y dame la fortaleza y sabiduría de que
mi corazón sea libre!
Vivimos en un constante peligro si no
somos capaces de moderar y controlar nuestros resentimientos y recelos hacia
los demás, provocados en muchas ocasiones por la envidia.