No somos merecedores de ningún premio, y menos aún de la vida eterna en
plenitud. Sin embargo, por el Amor Misericordioso de nuestro Padre Dios, somos
perdonados y agraciados con ese regalo eterno.
No cabe duda de que quienes buscan, piden y llaman terminarán por
encontrar. Y cierto es que los padres dan lo mejor a sus hijos para su bien.
¡Cuánto más y mejor no nos dará nuestro Padre Dios, que nos ha creado por Amor!
Jesús, el Señor, sigue apostando por nosotros, a pesar de nuestros
pecados, y permanece a nuestro lado incluso en los momentos más duros. Nos
ofrece su Misericordia, especialmente cuando caemos y caminamos perdidos.