Parece que no somos tan
distintos de los contemporáneos de Jesús. También a nosotros nos ocurre que
respondemos a lo divino con incredulidad. Jesús, en su propia tierra, es
recibido con escepticismo por quienes deberían conocerlo mejor.
En ti, Espíritu Santo,
están puestas todas mis esperanzas. Sé que contigo puedo superar toda tentación
y fortalecer mi espíritu para vivir en la Voluntad de mi Padre Dios. Ahora,
dame la sabiduría de estar siempre asido a tu acción. Amén.
Lo milagroso se nos presenta disfrazado de
cotidiano y nos volvemos ciegos a lo extraordinario. No somos capaces de
distinguirlo y pasan delante de nuestros ojos sin que los reconozcamos.