El miedo bloquea, el miedo paraliza y
también aísla. Y sin el concurso del Espíritu Santo no seremos capaces de
mostrar que el Señor ha resucitado y está entre nosotros.
En ti, Señor, tengo puestas todas
mis esperanzas. Gracias, Dios mío, porque a pesar de mis pecados y caídas, Tú,
con tu infinita Misericordia, me levantas y sostienes.
Igual que los discípulos recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, también nosotros lo recibimos en el bautismo. Y desde entonces, con Él y en Él, somos enviados a anunciar que Jesús vive y camina con nosotros.