No
podemos empeñarnos en dar fruto si no estamos unidos a la Vid. Esa es la
condición esencial de nuestra vida cristiana.
Señor, pongo todo lo que soy en tus manos. Moldea y dirige
mi vida, porque sé, Señor, que me amas y deseas mi felicidad. A ti, Señor, me
confío.
No se trata
primero de hacer muchas cosas, sino de permanecer en Jesús. Él es la vid,
nosotros los sarmientos. Solo unidos a Él nuestra vida dará fruto abundante.