Las
leyes se hacen para aplicarlas al bien del hombre. Cuando esto no se cumple,
dejan de ser leyes y se convierten en privilegios.
Hay
días, Señor, que me pierdo en tonterías y mi fortaleza se viene abajo. Necesito
tu presencia y el calor de tu misericordioso abrazo. Gracias, Señor.
Toda
ley auténtica pone en el centro la dignidad de la persona, especialmente la de
los más débiles y vulnerables. Y lo hace desde la verdad, la justicia y la
misericordia.
La legitimidad de una ley no depende únicamente de su aprobación formal, sino de su conformidad con la verdad, la justicia y la dignidad humana.