Cuando el Espíritu
establece su morada en el hombre, este no puede dejar de orar, porque el
Espíritu no deja de orar en él: duerma o vele.
Padre, siempre he
querido llamarte Padre. Porque un padre siempre perdona y está al lado de su
hijo. Por eso, Padre mío, en tus manos pongo mi vida y a Ti me confío. Tu Amor
y Misericordia son infinitos.
La oración no cesa en él; como o beba, descanse o trabaje, el perfume de la oración exhala espontáneamente de su corazón. (Isaac de Nínive).