Es posible que busque un Dios dócil a mis intereses, de acuerdo con mis deseos y presto a obedecer todas mis peticiones. Y si no ocurre así me enfade y hasta amenace con alejarme de su presencia. Es lo que vemos que les ocurrió al sirio Naamán y a los judíos de su tiempo.
Puede ocurrir que estoy buscando a un Dios espectacular, de grandes signos y actos heroicos que me encandilen. Y, precisamente, por eso le exijo signos y hechos que me revelen su gran poder y majestuosidad. Me decepciona su linaje humilde y común entre los del pueblo.
Me creo importante y, por tanto, mi dios tiene que manifestárseme de manera majestuosa y grande irradiando poder y majestuosidad. No me merece credibilidad su sencillez, humildad y simpleza. Indudablemente, si buscas un dios así, nunca lo encontrarás. Esa clase de dios no existe.
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