El Señor nunca permanece
indiferente ante el sufrimiento humano. Siempre tiende a aliviarlo, a sanarlo,
porque es «la Luz del mundo». Ha venido para eso, para abrir nuestros ojos y conducirnos a la
felicidad eterna.
Ven, Espíritu Santo, y
condúcenos por el camino que nos lleva a la Casa de nuestro Padre Dios, Señor
de Amor y Misericordia, para gozar felizmente de la vida eterna.
En lugar de alegrarnos, seguimos con nuestras cegueras. Hay quienes
tienen ojos pero no ven, y quienes ven sin ojos.
¿Qué tipo de vista tenemos nosotros?
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