No busquemos a Dios en lo
extraordinario o espectacular. Aprendamos a descubrirlo en lo cotidiano, en lo
sencillo de cada día. Abramos los ojos y reconozcamos cómo Él actúa
silenciosamente en nuestra vida.
Señor, nuestros egos
ciegan nuestros ojos y esconden tu Palabra a nuestro entendimiento. Danos,
Señor, la sabiduría de comprender las Escrituras y de reconocerte al partir el
pan.
Se nos invita a una conversión de la mirada y del corazón. El Señor no está en lo que pasa, sino en lo que permanece para siempre. Busquémoslo ahí, donde la vida adquiere sentido eterno.
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