Somos
conscientes de que, desde nuestro bautismo, también nosotros hemos sido
enviados a proclamar la Buena Noticia con nuestra palabra y con nuestra vida?
Eso quiero y
pretendo, Señor, seguirte aunque sé que no doy la talla ni lo merezco. Pero me
agarro a tu infinita Misericordia, Señor, y te pido fuerzas para no
desfallecer.
¿Descubrimos que Dios está presente en nuestro día a día, que nos acompaña y que sale a nuestro encuentro incluso allí donde no somos acogidos? ¿Estamos dispuestos a ser portadores de su paz?
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