¿Qué Dios me he
creado yo, el que me ha anunciado Jesús, u otro que yo he querido crearme? ¿Es
mi Dios el revelado en la Escritura, y al que preparó el camino Juan el Bautista,
o es un Dios que yo me acomodo a mis propios intereses?
Llevas todas mis
indiferencia; mis burlas; mis miradas para otro lado; mis rechazos; mis
olvidos; mis omisiones; mis risas; mis incomprensiones; mi soberbia; mis
egoísmos; mis odios ... etc., sobre tus hombros. Te cansas, caes, pero, te
levantas y sigues adelante. Y todo con y por amor y misericordia para mi
salvación. ¡Jesús, mi Señor, ten piedad de mí!
¿Y dónde le busco, en el poder y la fuerza, o en los pequeños, marginados, excluidos y pecadores? Quizás esas sean las preguntas que debemos hacernos cada día. Nuestro Dios, mi Dios, es un Dios de amor y misericordia, y eso, porque sus hijos son pobres, pequeños, necesitados y pecadores. ¡Alabado sea mi Señor!