Dios nos espera. Otea el horizonte. Desea acogernos y celebrar el
regreso del hijo con abrazos, banquete y palabras llenas de ternura.
Ahí está nuestra
esperanza: la salvación.
Señor, me pongo en tus
manos para que mi vida, bendecida por Ti, sea una bendición para todos los que
me rodean. Amén.
La alegría del Padre
Dios es la del amor. Nos ama. Incluso si
decimos: «Pero yo soy un pecador, hice esto, esto y esto…». Dios nos responde: «Yo te amo igualmente y voy a buscarte y te llevo a casa». (Papa Francisco 27-11-2013).
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