Nuestro Padre Dios
nos lo ha dejado muy claro. No vale para nada la manifestación exterior de
expresar que le amamos, si luego tu prójimo te es indiferente. Esa relación
exterior con tu prójimo te delata, y deja muy claro si tu expresión exterior es
verdadera.
Señor, soy
enteramente tuyo. De tu pensamiento ha nacido mi vida y mi ser. Existo porque
Tú me sostienes y me fortaleces. Y sin Ti nada soy. En ti, mi Señor, me refugio
y busco esa felicidad que por tu Infinito Amor y Misericordia me has prometido.
Gracias, mi Señor.
De ahí la conclusión de que el primero motiva al segundo, y el segundo, expresa si realmente amas como te dice el primero. De modo que, aunque el primero es el principal y fundamental, el segundo va muy unido, porque sin el amor al prójimo no puedes amar a tu Padre Dios. Y es más, dices mentira si manifiesta que lo amas, y luego excluye al prójimo.
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