¿Nos sentimos nosotros, como
la profetisa Ana, llamados a auscultar la realidad en busca de los signos de la
presencia de Dios, adquiriendo un “olfato espiritual” que nos ayude a
percibirla?
Haz, Señor, que mi vida
la ponga en tus manos. Que todos mis afanes estén apoyados en seguirte y
permanecer en tu Amor. Líbrame del poder, de la riqueza y de todo aquello que
me impida ser libre para amar con misericordia y desprendimiento.
Y para ello, ¿no descubrimos que necesitamos la oración y una relación viva con el Espíritu Santo, para dejarnos iluminar y reconocer la presencia de Dios, encarnado en ese Niño que viene a salvarnos?
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