martes, 31 de octubre de 2017

Las emociones nos traicionan. Hoy vemos una cosa de una forma, pero, mañana la sentimos de otra. La conversión no puede ser producto de una emoción, porque se derrumbaría en cualquier momento. La conversión es el resultado de nuestra propia maduración y camino, y eso se va gestando según se camina.

Jesús nos dice: « ¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Ese crecimiento lleva su tiempo y descubre nuestra actitud y fe, porque la fe se demuestra caminando.

La consigna está en no desfallecer ni desanimarse. El camino puede hacerse largo y fatigado, pero nuestra esperanza está puesta en el Señor. El nos ha prometido venir y lo cumplirá, porque el Señor siempre cumple su Palabra. La prueba, la Resurrección de su Hijo, el Señor, entregado a una muerte de Cruz para nuestra salvación.

lunes, 30 de octubre de 2017

Sucede que nos encontramos tan suficientes para solucionar los problemas de nuestra vida que lo que se nos atraganta y no podemos, lo aceptamos como algo nuestro. Terminamos sometiéndonos a lo que nos supera y no nos resistimos a lo que nos tuerce nuestra vida.

En lo más profundo de nosotros mismos no queremos ser así, ni tampoco actuar como experimentamos que nos inclina nuestra propia humanidad. Queremos hacer las cosas bien, pero nuestras propias fuerzas flaquean y se muestran débiles ante la adversidad. Hacemos lo que no queremos y nos sentimos mal.
                     
Todo depende de nuestra elección. Somos libres para tomar el camino que queramos, pero sólo hay uno que nos puede salvar. Y ese es el bueno. No está en la Ley, sino en el Amor. El Amor de Dios es el que nos salva y es al que debemos agarrarnos. Sólo Él nos conoce y sabe lo que realmente necesitamos para enderezarnos.

domingo, 29 de octubre de 2017

Saber no es sinónimo de entender y aplicar, pues hay quienes saben, pero no entienden como aplicar esa sabiduría. Incluso, no son capaces de discernir el bien del mal. Su sabiduría mundana está sometida al egoísmo y la pasión, y pierden el sentido de la verdad y la justicia.

Tampoco entiende de amor y misericordia. Para el sabio de este mundo la ley es lo importante, y quien no la cumple queda marginado y excluido. Sin embargo, no ocurre así cuando son ellos los incumplidores. Buscan excusa que les justifiquen. Viven, más que en la verdad en la hipocresía.

El verdadero sabio es aquel que, humillándose, sabe que no sabe y que cada día busca en el acontecer de su propia vida y en relación con los demás el bien y la verdad. Sabiendo siempre que la única Verdad le viene de arriba, pues todo lo creado le pertenece. Ponerse en sus Manos es la máxima sabiduría a la que puede aspirar el ser humano.

sábado, 28 de octubre de 2017

En vano se cansan los albañiles si el arquitecto no construye la casa. Necesitamos orar y eso no es cuestión de un tiempo, de unos días o unos momentos, sino sistemáticamente de todos los días. La oración nos da confianza y conocimiento para pedir lo que verdaderamente necesitamos.

Santa Teresa decía que la oración es hablar en alta voz con el Señor de todas nuestras cosas. Es decir, de nuestros problemas, de nuestra situación, de lo que no entendemos y de muchas cosas más. El Señor nos escucha, está presente en nosotros y nos conoce bien.

El Señor sabe lo que realmente necesitamos para llegar a Él, y conoce nuestro corazón. Quiere ayudarnos y necesita que le hablemos y le digamos lo que necesitamos. Es decir, quiere nuestra libertad y nuestros deseos de arrepentimiento de nuestros pecados. Entonces, Él nos irá guiando por el buen camino.

viernes, 27 de octubre de 2017

Cuando reflexionaba sobre la suficiencia de nuestro saber y predecir, pensé en aquel hombre que, por la obtención de una gran cosecha, tenía su vida resuelta. Entonces, se preguntó qué hacer el resto de su vida, y se le ocurrió construir grandes almacenes para así guardar toda su cosecha y darse la buena vida banqueteándose de fiesta en fiesta –Lc 12, 18-.

De alguna manera muchos de nosotros pensamos lo mismo. Ahora que soy joven viviré mi vida y cuando sea mayor trataré de mirar por mi vida y levantar mi mirada al cielo. Me pongo de ejemplo, porque confieso que en algún momento de mi vida pensé así. Luego, me identifico con el hombre de la parábola. Y es que no estamos muy lejos de su pensamiento.

Nos ocurre también lo del Evangelio de hoy. Conocemos el tiempo respecto a la lluvia o tempestades, y nos interesamos en ello, pero, ¿y del tiempo de nuestra vida? ¿Acaso, tratamos de pensar cómo lo gastamos? ¿O hacia dónde caminamos? ¿Pensamos qué nos puede pasar al instante siguiente de nuestra vida? ¿Es qué somos dueño de ella? ¿No estaremos comportándonos como verdaderos necio como nos señala Jesús en la parábola? ¿O es qué ignoramos lo que está bien o mal?

jueves, 26 de octubre de 2017

Cuando apuntamos alto y deseamos realizar grandes proyectos vivimos y pasamos momentos de angustias. Toda aventura supone riesgo y dolor, y mucha responsabilidad. Cuando nos atrevemos a algo concreto y queremos hacerlo bien experimentamos miedos, tensión y mucha preocupación. Quisiéramos ver a todos ardiendo en entusiasmo y amor.

Sin embargo, sucede que deseamos que arda el corazón de los otros, pero, ¿y los nuestros? Posiblemente, nos preocupemos tanto por cosas y proyectos y no recatemos en que lo verdaderamente importante es que nuestro corazón arda de entusiasmo y amor de Dios. Eso es lo importante y en lo que debemos de apoyar nuestra perseverancia y constancia.

Esa debe ser nuestra consigna, la de caminar en aras de hacer las cosas bien y lo mejor posible, cumpliendo con nuestro deber y responsabilidad y, sobre todo, con nuestro compromiso de bautismo. En él hemos sido configurados en sacerdote, profeta y rey, y fiel a él debemos de realizar nuestra labor. Para ello contamos con la asistencia y la fuerza del Espíritu Santo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Sucede en nuestro mundo que lo que ocupan puestos de responsabilidad son aquellos que se ganan la confianza de sus jefes y poseen las cualidades que estos les piden. Hay una primera etapa en la que hay que ganarse la confianza del jefe, y eso se hace cumpliendo sus órdenes y siéndole fiel. Cuando el dueño confía en su empleado, deposita en él su confianza.

Sin embargo, puede también ocurrir lo contrario, que el empleado no se gane la confianza del dueño y este le sorprenda haciendo no lo que le había mandado. Entonces le apartará y le despedirá. Por supuesto, el empleado sorprendido cumpliendo las órdenes mandadas será dichoso y bien considerado. No así con el que es sorprendido incumpliendo lo mandado.

El Evangelio de hoy nos viene a decir eso, la de estar vigilantes y preparado haciendo lo que debemos hacer. Cumpliendo el mandamiento del amor, tal y como el Señor lo cumple con nosotros. Porque, Él ha depositado toda su confianza en nosotros y nos ha dado libertad para que amasemos como Él nos ama. Estemos preparados porque vendrá sin avisarnos, y seremos dichosos de ser sorprendidos amando como Él nos ama.