Cuando
ponemos nuestra esperanza únicamente en este mundo, basta una enfermedad, una
pérdida o un fracaso para que todo se derrumbe. El mundo no puede devolvernos
la esperanza que nos arrebata.
Me abro a tu acción, Espíritu Santo, y pongo mi vida en tus
manos. Lléname de tu Espíritu y guía mi vida según tu Voluntad.
Cuando
nuestra esperanza está puesta en el Señor, incluso en medio del dolor y de la
muerte, descubrimos que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino
Dios. Él siempre abre un camino para seguir adelante.
No
es cuestión de decir sí, sino de dar un sí responsable y con capacidad para
responder a nuestro compromiso de abrirnos a los demás. Porque de no ser así, la
acogida no sería la deseada.