A Jesús le mueve el Espíritu con fuerza. Desde
su bautizo en el Jordán, su vida está iluminada por el Espíritu Santo.
¿Y nosotros, somos conscientes de la presencia
del Espíritu Santo en nuestra vida?
Sabes, Dios mío, que mi intención es seguirte
y parecerme a Ti. Pero también conoces mis defectos, egoísmos, apetencias,
comodidades y pecados. Sin Ti, Señor, nada puedo. Deja que mi corazón se abra a
la acción del Espíritu Santo y me transforme.
Es posible que no lo entendamos, pero desde el instante de nuestro bautismo hemos recibido el mismo Espíritu que el Señor. Y con Él, en lo simple y pequeño de cada día, podemos hacer cosas aún mayores (Juan 14, 12).