Instintivamente, cuando recibimos una
buena noticia, experimentamos el deseo de compartirla. ¿Acaso no es una buena
noticia la que Jesús nos confía? Entonces, ¿por qué no la anunciamos?
Tal vez porque no somos conscientes del
Tesoro que hemos recibido gratuitamente. Lo llevamos dentro, pero no terminamos
de descubrir su valor y, por eso, tampoco sentimos la urgencia de compartirlo.