El Evangelio es palabra
de vida: no oprime, sino que libera a quienes son esclavos de muchos espíritus
malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el
orgullo, la sensualidad…
Acuérdate, Señor, de mí
cuando esté cerca de Ti, pero más cuando me aleje y te dé la espalda. No
permitas que me olvide ni que me deje someter por el mundo. Dame la sabiduría
de saber que en Ti está mi felicidad y eternidad.
El Evangelio cambia el corazón, transforma la vida y convierte las inclinaciones al mal en propósitos de bien. Es capaz de renovar a las personas. Por eso, es tarea de los cristianos difundir por doquier su fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios (Papa Francisco, 01/02/2015).