Si de algo podemos gloriarnos, es de
poner toda nuestra confianza en el amor y la infinita misericordia de Dios,
manifestados en la encarnación del Hijo de Dios, que asumió nuestra naturaleza
humana.
Dame, Señor, la paciencia de
comportarme como trigo y, a pesar de vivir con la cizaña, sostenerme fiel a Ti
hasta que decidas recoger la cosecha.
No hay mayor prueba de amor que dar la
vida por quienes se ama. Jesús entregó la suya por nosotros y, con su
muerte y resurrección, nos abrió el camino de la salvación. Ese es el signo
definitivo sobre el que apoyamos nuestra fe.