También a nosotros nos
puede ocurrir. Señor, líbranos de la envidia que endurece el corazón y danos la
gracia de alegrarnos del bien ajeno. De Jesús aprendemos a anteponer la
compasión al juicio.
Gracias, Señor, porque,
a pesar de mis fallos, de mis egoísmos y rechazos, Tú estás siempre presente en
mi vida. Y, además, por tu gran amor y misericordia, me perdonas todos mis
pecados y me abres tus brazos a la salvación.
Ante la palabra del
Señor: «Extiende la mano», se restaura la dignidad de la persona. Que sepamos
responder al mal con misericordia y no dejarnos vencer por la dureza ni el
rencor. Amén.