Aprender a amar comienza por descubrir cuánto nos ama
Dios. Su amor nos precede, nos sostiene y nos enseña a mirar a los demás con
otros ojos. Todo amor verdadero nos habla de esa fuente de amor que encontramos
en Dios.
Señor, no dejes que las aguas de mi crecimiento, de mi
madurez y entusiasmo se estanquen. Sostén erupcionado el volcán de mis
inquietudes y del gozo de saberme acompañado por Ti.
Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, cada vez que amamos de verdad, dejamos transparentar algo de lo que somos y de quién estamos llamados a ser. Porque Dios es amor, y amar es hacer visible su presencia en nuestra vida.






