Ante las necesidades y los
problemas de los demás hay dos actitudes posibles: dirigir la mirada hacia otro
lado o implicarse y ofrecer lo que realmente se puede.
De nada me vale, Señor,
decir que te amo y que te sigo, si mi vida está alejada del amor a los demás.
Sobre todo a los más pequeños y débiles. Enséñame a amar como Tú nos amas.
No es cuestión de poder o no
poder. Es cuestión de comprender que amar es la consecuencia de implicarse, con
lo que tenemos y con lo que somos, en asistir y ayudar a los demás. Ponerse en
el lugar del que sufre descubre y revela nuestro amor.