Si mantenemos nuestra mirada fija en
Jesús, aunque las tempestades no desaparezcan, aprenderemos a vivirlas de otra
manera. Por eso es decisivo dónde ponemos nuestra mirada y nuestro corazón.
Abre mis ojos, Señor, para descubrirte en todo lo que me
rodea, porque estás tan cerca, pero mi mirada no te encuentra. Enséñame, Señor,
a saber mirar.
Navegar llevando a Jesús a nuestro lado nos
fortalece ante las inclemencias del tiempo y nos llena de paz para no
desfallecer, manteniendo siempre la esperanza de que Él permanece entre
nosotros.