Quizá también
nosotros caminamos encorvados por dentro: por el miedo, por las culpas, por un
pecado recurrente, por las palabras o acciones que no podemos olvidar.
Cristo no viene
a reprocharnos nuestras heridas, sino a ofrecernos la posibilidad de levantar
la mirada, recuperar la dignidad y volver a caminar con esperanza.
Señor, sabes que en cada instante
de mi vida quiero dejar la huella de tu amor. Y, haciéndolo, confieso que eso
es lo que quiero y manifiesto.
¿A quién necesito mirar hoy con los ojos de Jesús para
ayudarle a recuperar la dignidad, la esperanza y la alegría de vivir?






