Quizás vivimos
despreocupados del sufrimiento de los demás. No basta con compadecernos, sino
también mantener siempre atentos los oídos al grito de dolor de los demás,
sobre todo de los más cercanos.
Mi vida, Señor, no está
a la altura que a mí me gustaría. Soy un pecador y mis faltas y errores se
hacen presentes cada día. Pero también sé, Señor, que si quiero cambiar, solo
contigo puedo hacerlo. Y eso te pido ahora, Señor, ayúdame a cambiar mi vida.
La solidaridad consiste
en mantener la mirada atenta como quien escruta el mar en busca de un
naufragio. Sentir como algo propio el sufrimiento del hermano de aquí y el de
allá porque ninguno nos es ajeno.
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