Estamos
llamados a vivir ese amor, de amistad, con los hermanos, de sangre y también,
claro que sí, con aquellos que se nos hacen hermanos en el camino.
Señor,
no merezco ni ser amado ni perdonado. Sin embargo, Tú envías a tu Hijo para
que, entregando su Vida, nos libere de la esclavitud del pecado y rescate
nuestra dignidad de hijos. Tu Misericordia, Señor, es infinita. Solo puedo
decir: ¡gracias, Padre!
Con el resucitado pasamos de amigos a hermanos; nos eleva y nos hace hijos con el Padre, hermanos del Hijo y hermanos entre nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tu pensamiento es una búsqueda más, y puede ayudarnos a encontrarnos y a encontrar nuestro verdadero camino.