Lo
importante no se esconde en la cantidad, que nos puede llamar la atención, sino
en la calidad de la intención. Porque ante los ojos de Dios, lo importante no
es el valor de lo que das, sino la intención de cómo lo das.
Señor, me pongo en tus manos.
Transforma mi corazón y haz de mí lo que has pensado.
De modo que nuestra entrega a Dios en la oración y a los demás en la caridad debería huir siempre del ritualismo y del formalismo, así como de la lógica del cálculo, para ser expresión de gratuidad.
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