No
pretendas amar de verdad sin poner primero a Dios en tu vida. Desde Él
aprenderás a aceptarte, a quererte y a amar a los demás con un amor auténtico.
Señor, gracias por tu presencia y por tu paciencia. Estás
siempre a mi lado y no me reprochas mis pecados, sino que me tiendes tu mano
para que, asida a ella, me levante y siga tu camino.
El Señor nos quiere tal como somos, con nuestras imperfecciones y errores. Si no nos queremos un poco a nosotros mismos, ¿cómo podremos querer genuinamente a los demás?
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