¿Está
nuestra fe a ese nivel, como la de aquel centurión, que confía plenamente en el
Señor hasta el punto de no necesitar su presencia física para creer en su
acción?
Despierta
en mí, Espíritu Santo, el gozo de experimentar la presencia y fortaleza de mi
Señor Jesús, Resucitado.
Y si no es así, ¿se la pedimos con insistencia, confiados de que el Señor nos escucha y nos la concederá? Perseveremos en la oración y no nos cansemos de pedir el don de una fe cada vez más firme y confiada.
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