Es
digna de admiración la valentía con la que el leproso se acerca a Jesús, a
pesar de la regla que se lo impedía, para suplicarle: «Si quieres, puedes
limpiarme». ¿Estamos nosotros en esa misma actitud?
Eso quiero, Señor, y eso te pido humildemente. Confío y creo
que, si quieres, puedes convertir mi corazón impuro en un corazón limpio, suave
y bueno.
¿Creemos
de verdad que Jesús puede sanar nuestras heridas y nuestras enfermedades? Y si
lo creemos, ¿se lo pedimos con la misma confianza con que lo hizo aquel
leproso?
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