Instintivamente, cuando recibimos una
buena noticia, experimentamos el deseo de compartirla. ¿Acaso no es una buena
noticia la que Jesús nos confía? Entonces, ¿por qué no la anunciamos?
Señor, quiero seguirte y vivir en tu Voluntad, pero mis
deseos se evaporan cada día con las seducciones de este mundo. Fortaléceme,
Señor, y hazme instrumento tuyo.
Sin
embargo, Señor, tu misericordia me anima, me da esperanza y me renueva para
seguir en el camino. Y, sostenido por Ti, sigo adelante. Gracias, Señor.
Tal vez porque no somos conscientes del
Tesoro que hemos recibido gratuitamente. Lo llevamos dentro, pero no terminamos
de descubrir su valor y, por eso, tampoco sentimos la urgencia de compartirlo.
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