Nuestro corazón ha recibido una semilla
capaz de dar buenos frutos. Que esa cosecha llegue a madurar dependerá también
del cuidado que pongamos en cultivarla.
Dame, Señor, un corazón capaz de amar y de estar atento a
quien necesite ayuda, sobre todo a los más necesitados.
Es nuestra responsabilidad arrancar la
mala hierba que amenaza nuestro corazón, para que la buena semilla pueda crecer
libremente y dar frutos abundantes.
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