viernes, 17 de marzo de 2017

No hay explicación posible para el origen de la vida. Dios nos la ha regalado a través del instinto procreativo como forma de perpetuarnos, pero también para responder a una específica misión que palpita sellada dentro de nuestro corazón: “El amor”.

El hombre descubre que está hecho para amar. El amor será el centro de su vida, pero, sólo lo será, si sabe utilizarlo en el verdadero sentido de la palabra. Porque amar no es buscarse y satisfacerse, sino darse y servir. Sólo cuando el hombre está dispuesto a entregarse por y para el bien del otro, podemos decir que se ha encontrado con el amor.

Y eso dará sus frutos. Frutos que vendrá, en su segunda venida, el Señor a recoger. Frutos que se cultivarán con el agua amorosa de tu auténtico amor y tú disponibilidad para entregarlos en servicio de los demás.

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