domingo, 7 de agosto de 2016


No hay ninguna duda que vivir en la esperanza de resucitar, según la Promesa de Jesús, es vivir de otra forma, sin miedos y con alegría. A pesar de saber que tendremos que compartir nuestra muerte en su Cruz, pero siempre será de otra forma, porque la muerte no es lo último de nuestra vida.

Cuando el horizonte de tu esperanza se ve a lo lejos y termina en la frontera de este mundo, la vida, tú vida, se vuelve sin sentido y absurda. Porque nada tiene valor, pues lo caduco pierde su valor en el tiempo y su sentido en la razón.

Por lo tanto, para vivir en la alegría y en la esperanza abramos nuestro corazón al Padre Bueno, que no sólo nos da la salvación sino que comparte con nosotros, por los mérito de su Hijo, su Gloria. Y es que a Padre Dios no le gana nadie a ser padre. Su Amor es Infinito y Misericordioso.

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