Todos aquellos que
acogen la Palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre ellos. Eso
explica la exigencia de amarnos unos a otros como Él —nuestro Padre— nos ama
siendo todos sus hijos.
Todo, Señor, es tuyo
porque Tú eres el Creador. Hasta el aire que respiro y sostiene mi vida es
tuyo, Señor. En tus manos pongo mi vida y mis anhelos y a tu infinita
Misericordia, Señor, me entrego.
Acoger la Palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros y nos hace ser la familia de Jesús. Por lo tanto, hablar mal de los demás y destruir su fama nos aleja de la familia de Jesús y nos coloca en una lógica que no es la suya.
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