Cada cual, desde la hora
de su bautismo, lleva la impronta en el corazón de ser un poco de sal: sal que
sazona, que potencia el sabor y conserva el gusto por las cosas bellas; sal que
alegra la vida.
María, por la Gracia de
Dios, eres mi Madre, y en ti pongo todas mis esperanzas para que me lleves de
tu mano al encuentro con tu Hijo, mi Señor y Salvador. Para que sepa tenerlo
guardado en mi corazón como Tú hiciste.
Pero también estamos llamados a ser luz: luz que revela lo oculto, que se ve desde lejos, que brilla y calienta, y que nos señala el camino que nos conduce al encuentro con Aquel que nos regala la felicidad eterna.
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