lunes, 29 de febrero de 2016



Se hace difícil escuchar y prestarle atención y valor a lo de nuestra propia tierra y familia. La frecuencia de oírle y de saber quién es, nos resta importancia y valor. Y no valoramos sus palabras ni su conocimiento. Ocurre que lo nuestro no puede ser importante.

El refrán dice que nadie es profeta en su tierra, y la realidad lo demuestra, porque ocurre así. Nadie nacido entre nosotros y conocidos por todos puede ser importante hasta este extremo. Y más siendo de familia humilde y sencilla.

Y eso le sucedió a Jesús de Nazaret. Fue rechazado por los suyos, pues el hecho de ser el hijo de un carpintero y una humilde joven no le daba crédito ni prestigio para proclamar la Palabra de Dios.

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