Somos, queramos o no,
semejantes a Dios, impronta de su ser en nuestro corazón. Y esa semilla
sembrada en nuestros corazones está llamada a dar buenos frutos.
Ven, Espíritu Santo, y
sana mis miedos y angustias. Dame la sabiduría y paciencia para saber esperar
lo que Tú decidas, y permanecer confiado en tu Palabra y acción. Invade mi vida
y transfórmame, Dios mío.
Y, a pesar de ser
pequeña, crece hasta alcanzar la plenitud. El reino de Dios es esa semilla con
la que estamos llamados a dar buenos frutos, para caminar ya desde ahora hacia
la felicidad eterna.
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