No se trata de sembrar división, sino
de poner a Dios en el centro de mi vida, para que todas mis relaciones estén
abiertas a ser vividas con justicia, verdad y misericordia.
Dame la perseverancia y la voluntad de preparar mi corazón
para que tu Palabra habite en él y dé fruto.
Lo importante es que esos vínculos
familiares se forjen en el amor de Dios, permitiéndonos decir siempre un «te quiero», incluso cuando no compartamos las mismas ideas.
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