viernes, 12 de febrero de 2016



La vida es hermosa y llena de vitalidad y alegría. Más cuando Jesús ha venido para decirnos que tenemos un Padre bueno y que nos ama con locura. No podemos estar tristes, ni por eso ayunar o mortificarnos. Dios, nuestro Padre, quiere lo mejor para nosotros.

Sin embargo, ocurre que el hombre vende su corazón al mal y rechaza la bondad de Dios. Se deja apoderar por el egoísmo y la ambición, y estropea la vida haciéndola injusta y penosa para muchos otros hombres.

Es entonces cuando, al compartirla con ellos, necesitamos ayunar de muchas cosas: de partir el pan con ellos; de llorar con ellos; de hacer justicia y defenderlos; de cobijarlos, curarlos, visitarlos, vestirlos…etc.

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