martes, 1 de noviembre de 2016

Las bienaventuranzas nos marcan el camino para dar plenitud a nuestra vida en su paso por este mundo. Seremos bienaventurados en la medida que seamos capaces de tomar conciencia del sufrimiento del que está a mi lado y también enfrente de mí. Porque si miro para mí, estaré buscando mi felicidad aquí, pero la perderé para la eternidad.

Por eso, la alegría que se deriva del éxito de este mundo no es perdurable, y lo que no perdura no es, ni bueno ni gozoso. La plenitud de la felicidad está directamente relacionada con el tiempo. Si la felicidad no es eterna no es plena. Y lo que no es pleno no sirve.

Así, Pablo estimaba basura las cosas de este mundo que no le servían para llegar a alcanzar la Misericordia de Dios. Vale la pena correr y sacrificarse, pero por algo perdurable, por lo que nos promete el Señor: Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

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