Donde nos movemos
habitualmente, donde nuestra vida se desenvuelve en el trabajo de cada día,
allí donde parece que no pasa nada, allí pasa todo, porque todo está lleno de
Dios.
Tu Palabra, Señor, me
sostiene, me anima, me da esperanza y paz. Porque, a pesar de mis debilidades,
mis desfallecimientos, mis errores y fracasos y, sobre todo, mis pecados, Tú,
mi Señor, me amas con misericordia infinita.
No busques tu llamada interior en lo espectacular o grandioso. Despierta y observa lo sencillo, lo simple y lo pequeño: en el silencio y en el descanso. Todo es obra de Dios y en todo Él se manifiesta.
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