La pregunta surge por sí
sola: ¿compartimos nuestra fe en la vida cotidiana —en la familia, el trabajo,
el círculo social, los amigos— o nos inhibimos, tímidamente, ocultándola?
Eso quiero y deseo,
Señor, pero sé de mis debilidades, de mis apetencias y egoísmos y de lo
difícil, por no decir imposible, que me resulta seguirte y hacer tu Voluntad. Y
eso es lo que te pido, Señor, fortaleza para hacer tu Voluntad.
Porque cuando uno se
acerca a Él y lo conoce de verdad, la experiencia del encuentro no deja
indiferente. Al contrario, impulsa —casi sin darse cuenta— a comunicarlo a los
demás.
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