Nos creemos fuertes y
autosuficientes hasta el punto de prescindir de Dios. Pero la tempestad
desenmascara esos estereotipos con los que disfrazamos un ego siempre empeñado
en aparentar.
Enséñame, Señor, a ser tierno como Tú, a
derramar todo mi cariño, mi corazón, mis afectos y mis buenos deseos de ayudar
para que, a través de mi humilde persona, y por la acción del Espíritu Santo,
pase la Luz de tu Amor y Misericordia a los demás.
Descubrimos que las pruebas nos convienen, porque a través de ellas reconocemos quiénes somos y de dónde venimos. Las tempestades nos sitúan en nuestro verdadero lugar: somos criaturas de Dios.
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