Nuestra vida adolece de momentos de serena reflexión.
No nos detenemos a
examinar nuestros actos de cada día. Vivimos deprisa, actuando muchas veces
movidos por impulsos que nacen de nuestro propio interés.
Postrado ante Ti, mi
Señor, mi vida empieza a tener sentido y esperanza. Porque solo Tú eres el
Camino, la Verdad y la Vida, y solo en Ti encontramos plenitud y felicidad
eterna.
Y, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si lo que hacemos coincide
con la voluntad de Dios.
Así, nuestras acciones —a veces sin querer— pueden dañar a otros.
Hoy, ante el anuncio de la traición y la negación, se nos invita a mirar
hacia dentro y a preguntarnos con sinceridad: ¿Soy yo,
Señor?
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