Vivimos muchas veces en
la superficie de nuestros problemas. No nos atrevemos a mirarnos en profundidad
y, por eso, solo vemos lo externo, sin llegar a reconocer la verdad de lo que
somos.
Señor, tu Amor y
Misericordia me sostienen, pues, a pesar de mis faltas y pecados, me sigues
llamando y me das la oportunidad de enderezar mi vida y gozar contigo en el
cielo.
Nos ciegan nuestros ideales y egoísmos. Incapaces de esperar y confiar,
de dar tiempo a la maduración, a la esperanza y a la providencia de nuestro
Padre Dios.
“Pidamos, si caemos, la
humildad de levantarnos como Pedro.”