jueves, 28 de abril de 2016



Llegado el momento del encuentro con Jesús, y descubierto que la vida y la felicidad están en Él, no se entiende como no se persevera en su Palabra. Algo debe fallar en el hombre que ciega su mente y le aleja de su presencia.
                 
Posiblemente, el encuentro no ha sido tal encuentro y no ha echado raíces profundas. Es la parábola del sembrador, que cayendo la semilla a la orilla del camino o en terreno poco profundo desaparece pronto comidas por las aves o angosta por el calor.

Ocurre que, cuando no medimos la importancia de la Palabra del Señor, damos más crédito a las cosas que tenemos de inmediato delante. Es aquello de que vale más pájaro en mano que ciento volando. Pero eso, si es aplicable al mundo, no a nuestra relación con Dios. Porque la felicidad de la que nos habla Jesús es un camino que hay que recorrer junto a Él.

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