La vida nos regala gente
buena, camilleros que nos sostienen cuando estamos paralizados y soportan
nuestro peso, no como una carga, sino como un desafío, anhelando ver cómo nos
erguimos.
Señor, vengo a Ti con la
esperanza y el convencimiento de que me buscas y quieres salvarme íntegramente:
humanidad, materialidad y espiritualidad. Señor, con la confianza de ser tu
hijo: Si quieres, Señor, puedes limpiarme. Amén.
Levantan techumbres para
ofrecernos un espacio. Ante ellos, Jesús, el Señor, se conmueve y nos brinda un
nuevo comienzo: «Hijo, tus
pecados te son perdonados». Porque la
verdadera vida se esconde en la pureza de nuestro corazón.
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