miércoles, 20 de julio de 2016



La vida es una siembra donde lo sembrado va dando frutos. Frutos que serán buenos o no tan buenos, e incluso malos, en la medida que nuestra siembra haya estado bien hecha y bien cuidada. Y también, en el tiempo de la cosecha, las semillas hayan sido atendidas, cuidadas y bien cultivadas.

No se producen las cosas por casualidad, si antes no ha habido un trabajo bien hecho. Los frutos dependen del trabajo bien hecho de los hombres. Bien es verdad, que, por nuestra fe, sabemos que Dios puede cambiar el curso de los acontecimientos, pero normalmente, al hacernos libres, deja que actuemos según nuestras apetencias y voluntad.

Así, dicho esto, tus frutos se verán agraciados por el atento esfuerzo de tu trabajo y dedicación. No saldrán al azar o por casualidad, sino por tus cuidados de cultivo y dedicación. Claro está, que viendo el Señor que tu cosecha se puede perder, no por tu culpa sino por tus limitaciones, actúe en tu favor y, por su Misericordia, tus frutos salgan a la luz.

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