lunes, 16 de enero de 2017

La costumbre de ayunar estaba muy introducida en la cultura judía. Introducida como una oferta para mitigar y perdonar los pecados cometidos. El ayuno intentaba compensar y saldar la deuda moral contraída. Un ayuno que no iba a mejorar sino a cumplir. Ley y más ley.
                 
Jesús cambia la costumbre, la hace nueva, le da vida nueva. El ayuno no sirve para pagar penas o faltas. El ayuno fortalece la oración y sirve como preparación para fortalecernos y tomar control de uno mismo, de sobriedad y equilibrio. El ayuno nos prepara para, en el Espíritu, fortalecer nuestra fe.

Por eso, las viejas costumbres y tradiciones tienen que ser renovadas en el Espíritu. Un Espíritu que nos hace nuevo, que nos transforma, que nos fortalece y que nos prepara con el ayuno a despojarnos de todo aquello que nos interrumpe nuestra unión con el Señor.

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