Es
evidente que los padres se desviven por los hijos que no salen adelante, por
aquellos que presentan más dificultad por el motivo que sea. Y su alegría es
inmensa cuando advierten un avance o una mejora.
Si
Tú, Señor, no estás en mi vida, pierdo el rumbo, me desoriento y me precipito
al vacío. Mírame, Señor, e indícame el camino a seguir a pesar de mis errores y
pecados. Y dame las fuerzas e ilusión para seguirte.
Nunca perdamos de vista que nuestro Padre Dios es así. Si nuestros padres se preocupan por sus hijos, ¿cuánto más se preocupa Dios, que nos ha creado y quiere que seamos eternamente felices junto a Él?
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