En muchos momentos de nuestra vida conviene salir de lo cotidiano para
dejarnos sorprender por lo desconocido, romper con nuestra comodidad y permitir
que el corazón se ablande.
Ven, Espíritu Santo, lléname de tu sabiduría y tu verdad para que,
viviéndola, asistido por tu Gracia, pueda también contagiarla a todos los que
entran en mi vida.
Como el leproso del Evangelio, también nosotros estamos llamados a
acercarnos al Señor. Él actúa desde la compasión, tocado por nuestra realidad
herida. Nos restaura no solo la piel marchita, sino todo nuestro ser.
Solo necesitamos acercarnos y expresar con humildad nuestros anhelos.
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