miércoles, 7 de diciembre de 2016

Descubrir nuestra finitud nos puede ayudar a que no siempre las cosas son como las vemos y deseamos. Quisiéramos ser siempre fuertes e invencibles. Y en los momentos que experimentamos esa fortaleza nos sentimos seguros y sin necesidad de médico.

Pero, por experiencia, sabemos que llegará un día que nuestra debilidad se presente, y que necesitaremos médico. Ese día comprenderemos la necesidad que tenemos de ser salvados. No se nos oculta que un día será el final, ¿y luego qué?

Será cuestión de descubrir dónde y en quién debemos descansar y depositar todas nuestras esperanzas, porque, a pesar de nuestras fuerzas, en este mundo no encontraremos lo que buscamos. Y, por mucho que no queramos, nuestras esperanzas se desvanecen y mueren. Necesitamos salvación.

martes, 6 de diciembre de 2016

Hay una gran diferencia  a la hora de recuperar algo perdido. Porque podemos actuar con rabia, incluso desprecio y coraje contra el ser perdido. No digamos si es una persona. Es de sentido común que, a pesar de recuperarla, posiblemente la perdamos para siempre con los reproches.
                  
Nuestro Padre Dios actúa siempre con verdadera Misericordia. No sólo nos busca con insistencia, sino que nos abre sus brazos. Jesús es el abrazo del Padre, pues Dios no perdona por decreto, sino con un fuerte abrazo, nos dice el Papa Francisco.

Dios nos busca a través de su Hijo Jesús, el enviado, y nos acoge olvidando nuestra ofensa y perdonando nuestro pecado. Dios, no sólo nos encuentra y salva, sino que nos limpia y borra nuestro pecado como si no hubiese existido. Realmente, si comprendiéramos el don de Dios nuestra vida quedaría inmediatamente transformada.

lunes, 5 de diciembre de 2016

No es fácil curar esa parálisis espiritual. Más grave que la corporal, porque, mientras la una deja sin movimiento tu cuerpo, la otra paraliza toda tu alma y la condena irremisiblemente para la eternidad. Supongo que la parálisis provocada por los pecados necesita más cuidados, pues sólo el Señor puede curarla.

Ahora, eso dependerá de tu fe. Si tú crees que el Señor puede perdonarte tus pecados, ellos quedarán perdonados. Tendrá, ese perdón, que ver con la medida de tu fe. Eso te ayudará a postrarte delante de Él como aquel paralítico, y pedirle que te cure.


Pero una curación plena, de cuerpo y alma. Porque de nada vale curar el cuerpo si dejas el alma a la deriva. Porque, el cuerpo, por la fe sabemos y confiamos que resucitará al final de los tiempos, pero el alma puede perderse para siempre.

domingo, 4 de diciembre de 2016

No se tuerce el camino porque alguien te lo diga, o, de alguna manera te impacte. Necesitas que tú lo experimentes y desde lo más profundo de tu corazón te decidas a cambiar. Todo empieza por un tomar conciencia de la necesidad de arrepentirte y de depositar tu confianza en esa actitud de arrepentimiento. Porque lo que buscas es tu gran Ideal.

Es posible que nunca te des cuenta y pases toda tu vida siendo pato y no águila real. Porque has sido creado para eso, para volar en y a las alturas de forma majestuosa y plena. Cuando descubres que estás llamado a ser feliz plenamente será absurdo no serlo y quedarte resignado en la mediocridad e infelicidad. Es necesario cambiar.

Ese es el mensaje de conversión que Juan el Bautista nos transmite en el Evangelio de hoy. Es un mensaje que vive dentro de nosotros y al que todos los hombres debemos despertar, porque está dentro de nuestro corazón. Nuestro destino no está en este mundo, sino en el otro, donde seremos plenamente y eternamente felices. Para eso es el cambio.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Los creyentes nos consideramos invitados a proclamar el Evangelio. Desde y por nuestro compromiso de Bautismo, somos templos del Espíritu Santo y desde esa santidad estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. Bien es verdad que, cada cual, según la medida de sus fuerzas, sus talentos y también sus circunstancias.

No cabe ninguna duda que el Evangelio va dirigido a los necesitados, pobres y pequeños. A gente que busca arreglar su vida, que padece enfermedad, que desespera y quiere encontrar sentido a su vida. Necesitan médico aquellos que se consideran enfermo. Y fuera de ese contexto, pocos serán lo que estén disponible a escuchar la Palabra.

Por eso, la consigna de Jesús es clara y concisa: «Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.  Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

viernes, 2 de diciembre de 2016

La luz del sol, y también, la luz artificial, nos permiten ver el camino y el color de las cosas, pero no nos sirven para orientarnos en la vida. La vida tiene sentido cuando, a pesar de que puedas ver, sabes realmente a dónde vas. No porque veas el camino, caminas bien. Puedes equivocadamente dirigirte al precipicio y a la muerte.

Se hace necesario alumbrarnos por otra clase de luz. Una luz nueva, que no es de este mundo, y aunque está en el mundo, no pertenece a él. Una Luz que no sólo alumbra, sino que también orienta y llena de sentido tu vida.

Valdría la pena esforzarse en buscar esa Luz. No escatimar esfuerzo ni regateos traerá su recompensa. Es posible que la claridad a veces nos pueda deslumbrar y desorientarnos, porque ver claro también compromete. Pero siguiéndola encontraremos el verdadero camino de la verdad.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Lo importante de una persona es decir y hacer. Si su palabra se cumple, su autoridad se afirma. Su vida da credibilidad y se sostiene sobre roca. Por lo tanto, no es lo importante, siendo importante, la palabra, sino lo que verdaderamente salva es la realización de esa palabra.
                   
Eso es la maravilla y el encanto de la Palabra de nuestro Señor Jesús. Porque su Palabra no sólo  se dice, sino que tiene cumplimiento. De ahí nace la autoridad con la que habla Jesús, pues lo que proclama se cumple. Su Palabra es firme como una roca.

Por eso, el Evangelio de hoy nos habla muy claro: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial». No se puede decir, ni más alto ni más claro. Está justamente dicho y alumbrado por una parábola