sábado, 3 de diciembre de 2016

Los creyentes nos consideramos invitados a proclamar el Evangelio. Desde y por nuestro compromiso de Bautismo, somos templos del Espíritu Santo y desde esa santidad estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. Bien es verdad que, cada cual, según la medida de sus fuerzas, sus talentos y también sus circunstancias.

No cabe ninguna duda que el Evangelio va dirigido a los necesitados, pobres y pequeños. A gente que busca arreglar su vida, que padece enfermedad, que desespera y quiere encontrar sentido a su vida. Necesitan médico aquellos que se consideran enfermo. Y fuera de ese contexto, pocos serán lo que estén disponible a escuchar la Palabra.

Por eso, la consigna de Jesús es clara y concisa: «Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.  Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

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