Es evidente y necesario que necesitamos ese alimento
espiritual, Cuerpo y Sangre de Jesús, nuestro Señor, para sostenernos firmes y
erguidos en nuestra propia cruz ante los problemas que nos salen en el camino
amenazándonos con doblegarnos y perdernos.
La Cruz, signo de salvación, nos sostiene y nos alienta a seguir, llevándola también sobre nuestros hombros hasta ese calvario que es nuestra muerte y nuestro final en este mundo, pero, nuestro paso a la Casa donde nos espera el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.