jueves, 27 de febrero de 2014

LA NOCHE, UN BUEN MOMENTO PARA PENSAR

Cuando el amor nace de la responsabilidad, la unidad se siente feliz porque, me atrevería a decir, la esencia del amor nace de un compromiso responsable. Un amor responsable es inseparable. Así nos ama Dios y a pesar de nuestros desplantes y rechazos, Él permanece ahí,  porque su Amor es inmutable, permanente, sin condiciones y dispuesto a morir por nosotros.

Y así ha sido. Ha entregado a su propio Hijo por la unidad de cada uno de nosotros. Cómo podemos mirar para otro lado cuando es Él quién dice: «Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». 

Cuando damos al amor un sentido utilitarista e irresponsable, la libertad se vacía de responsabilidad y al menor tropiezo la unidad matrimonial se rompe. Se confunde, porque interesa egoístamente, con que el amor se ha acabado, pero no es así. Lo que se acaba es la utilidad de la persona y ya no interesa. Ha sido tratada o tratado como una persona objeto, e improductivo el objeto se desecha. 

Hemos confundido el amor con la antítesis del amor: la ausencia de compromiso y responsabilidad. Sólo se vive de sentimientos, emociones y pasiones que al no ser responsables nos someten y dominan: Lloramos cuando sentimos ganas; gritamos también cuando nos apetece; nos satisfacemos cuando sentimos pasión; creemos que amamos cuando nos sentimos a gusto y utilizamos al otro para nuestro provecho y nos peleamos y separamos cuando aquí el pescado ya no nos gusta...

El amor nunca muere porque proviene de Dios, y lo que Dios ha unido el hombre, al igual que la vida, no puede ni separarlo ni quitarla.


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