miércoles, 10 de septiembre de 2014





Necesitamos ser humilde, pero muy humildes para empeñarnos en la loable tarea de amar. Porque no hay empeño mejor, ni tarea mejor. Es más, hemos sido creados para amar.

 Y amar sobre todo a los que más lo necesiten y no puedan pagar, preferiblemente a nuestros propios enemigos, porque ellos darán la verdadera medida del verdadero amor.

Seamos humildes hasta el punto de abrir los ojos para, iluminados en el Espíritu Santo, poder guiar a aquellos otros que permanezcan ciegos.

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