sábado, 7 de febrero de 2015

Cuando nuestro corazón está puesto en la recompensa, sucede que pagada esta nos cansamos y nos agota la rutina. Porque las recompensas tienen su tiempo y, como todas las cosas, pasan y se consumen.

Pero cuando nuestra recompensa está apoyada en el amor de Dios, siempre nos sentimos pagados y satisfechos. No esperamos recompensa alguna, pues predicar el Evangelio con mi vida y palabra es la mayor recompensa que pueda recibir.


Así, nuestro cansancio encuentra razones e impulsos para continuar el camino, porque ha hecho de tu vida el centro y predicación de la Palabra de Dios.

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