sábado, 16 de enero de 2016



La vida nos presenta muchas opciones. También nos pone dificultades, pero tanto de una manera como otra, nuestra misión es hacer las cosas bien y para bien de todos. ¿Por qué? Podemos preguntarnos. Y la respuesta es bien sencilla: Porque somos semejantes a Dios.

Si Dios no puede hacer el mal, nosotros, que somos semejantes a Él, tampoco deberíamos hacer el mal. Es verdad que somos libres, y que también estamos tocados y heridos por el pecado, que nos inclina al mal. Pero nuestro mayor deseo es hacer el bien. Es decir, amar.

Lo experimentamos en lo más profundo de nuestro corazón, y lo deseamos irresistiblemente. De modo que, cuando no hacemos el bien nos duele y nos remuerde la conciencia. Por eso, el Espíritu Santo ha sido enviado a asistirnos y acompañarnos para no desviarnos.

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