martes, 17 de mayo de 2016



Viendo la trayectoria de la vida de Jesús y todo lo que le acontece, ¿no es para pensar que es realmente el enviado, el Mesías y el Hijo de Dios Verdadero? Porque todo lo que va sucediéndole se encuentra previamente profetizado. Incluso, hasta el viejo Simeón, iluminado por el Espíritu, descubre su identidad (Lc 2, 34-35).

Llama mucho la atención que la vida de una persona se vaya profetizando, como si se tuviese pensada y destinada para una misión. Es el caso de Jesús, el Hijo de Dios, y esa simple observación nos va descubriendo que verdaderamente es el Hijo de Dios.

Y el remate lo pone cuando, también en el Evangelio de hoy nos dice: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado». Porque esa es la solución que el mundo necesita.

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