sábado, 25 de junio de 2016



A pesar de que oyes que un hombre es bueno y es de fiar, necesitas tiempo para conocerlo y generar confianza. Siempre las dudas están ahí y te mantienen algo escéptico y distante. Sueles cerrarte y no dejar entrar todo lo que de él te viene. Tu corazón pone el letrero de “por si acaso…”

Por todo eso, la fe de aquel centurión es notable y sorprende. Era romano y de oídas conoce que Jesús tiene poder y hace curaciones. Se molesta y busca a Jesús. Su criado le merece mucho respeto y, prueba de ello, no recata el esfuerzo de buscar solución para salvarle. 

Y, encontrado Jesús, no duda que lo pueda curar y le propone que le cure. Y ante la propuesta de Jesús de acudir a su casa, él le propone que encontrándose indigno de que entre en su casa, que diga una palabra y quedará sano. Nadie podía pensar esa ocurrencia y Jesús quedó sorprendido de la fe de aquel centurión. Hasta tal punto que hoy, durante tantos siglos, seguimos todos los cristianos repitiéndolas en el momento de la consagración: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme

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